domingo, 26 de octubre de 2014

La última luna


La Última Luna


Ésta será para los dos la última noche,
Pues el día de mañana despertaremos
cada cual en su propio mundo, hasta hoy desconocido.
Caminaremos por el valle solitario de la vida
Como fantasmas que ansían la frialdad de un sepulcro,
Para descansar en paz, al amparo de la eterna soledad.

Hoy, aún respiraremos juntos la fragancia de las flores,
Y bajo la luz de la luna blanca bañaremos nuestros cuerpos
Con el insípido líquido que tantas veces purificó nuestras almas.
Sentiremos las últimas caricias rozando nuestra piel,
El último beso encendiendo en nuestros labios la llama del amor,
Porque mañana la distancia nos flagelará irremediablemente.

Ven, y hagamos de esta despedida el día del encuentro,
Transformemos el adiós en una eterna noche para vivirla en plenitud,
construyamos una gran tumba para depositar ahí nuestro extinguido amor;
Y al pasar el tiempo, cuando el desamor haya visitado nuestras vidas
Vendrán nuestras almas a postrarse ante aquél sepulcro,
Pero el amor se habrá ido para siempre, y nunca más saldrá a nuestro encuentro.

Realicemos a la luz de la lumbrera nocturna aquéllas fantasías sexuales
Que por vergüenza o temor a las miradas ajenas jamás gozamos.
Esta noche por vez última liberemos nuestros placeres más recónditos,
Y antes de que la distancia se oponga entre nosotros y nos arrebate la cercanía
Que antaño nos mantuvo unidos como el alma lo está al cuerpo
Hagamos hoy de esta despedida el día del feliz encuentro.

Después, tomados de la mano, transportaremos nuestras almas
A un mundo donde la felicidad no tiene fronteras, aunque sea un instante.
Sin embargo, hemos de vivirla, como dos enamorados que se tienen el uno al otro
Y que festejan con locura su grata experiencia del primer beso y la primera caricia.
De aquél imaginario mundo regresaremos colmados de dicha y de ternura, dispuestos para separarnos; ahí contemplaremos, tomados de la mano,
la luz de nuestra última luna.

Y aquel árbol que abrigara nuestros cuerpos en la primera noche
Extenderá sus brazos hasta el suelo, formando con ellos una alfombra negra
Para que nuestros pies transiten seguros, en esta última, la peor de nuestras noches.
Ahí mis lágrimas se fusionarán con las tuyas para regar a nuestro árbol.
Sólo así, cuando retornes a él, triste y destrozada recordarás nuestra historia,
Y como un padre, fiel y verdadero, te cobijará y enjugará tus límpidas lágrimas.

Es hora de partir, y nada de este mundo habrá de detenernos.
Es el día del encuentro pero también el día de la bendición.
Yo te bendigo por haber sembrado en mi árido corazón la semilla del amor.
Cuando había sepultado mis nobles sueños con tu fe inquebrantable los resucitaste
Y les diste vida en abundancia con la fuerza de tu voluntad.
Yo te bendigo por haber plantado esperanza en una tierra desesperanzada.

Mañana, cuando el sol sonría nuevamente ya nada será igual,
Pues hoy el adiós caerá sobre nosotros como una pesada carga,
Y por tiempo inmemorial llevaremos sobre la espalda el yugo de la separación.
Más todo se ha acabado. La esperanza de volver a juntar a nuestras almas
Y merodear locamente bajo la luz de la luna, se irá sin retornar,
En esta, la última de nuestras noches.


Poemario: El vuelo del alma
Autor: Gustavo Jiménez
Editorial Hominis

Derechos Reservados


 

¡Volaremos!


¡Volaremos!

Un día uniremos nuestras alas y eternamente volaremos.
Nuestras esencias se despojarán de la cobertura material,
Para ascender paso a paso por las escalinatas del más allá.
Ese día danzaremos y entonaremos una canción de paz
Pues cuando unamos nuestras alas eternamente volaremos.

Cuanto en este mundo hicimos lo olvidaremos, pues aquí se queda;
La celebridad y la ignorancia, la lujuria y la arrogancia.
He aquí que partiremos con las manos vacías al declinar el día
Y sólo nuestras esencias quedarán de la existencia
Ellas volarán eternamente, y sin tregua hacia un mundo trascendente.

Una cruz aquí se queda; la pesada cruz de la existencia.
El sollozo y la penumbra, la abyección y la tristeza
Recogerán sus frutos y se golpearán el pecho ante una tumba.
Mientras nuestras esencias emprenderán su vuelo eternamente,
Este mundo será reducido a una fría y pestilente tumba.

Oh, ¡gloria, gloria! Ese día en que juntos volaremos,
Será el fin de una era, y la prolongación de un periodo de paz,
Se impondrá la verdad como justo juez, y todas las esencias serán coronadas.
Llegará el día, sin que hombre alguno pueda detenerlo;
El día en que uniremos nuestras alas y eternamente volaremos.
 
Poemario: ¡He aquí al hombre!
Autor: Gustavo Jiménez
            Editorial Hominis

Derechos Reservados

Un mundo perfecto


Un mundo perfecto

Cada noche divago por un mundo al cual deseo llegar.
Es un mundo inhabitado por el error.
Está sin luz, porque la luz permite ver lo que no se debe.
Está sin tristezas, porque ahí el llanto es un ser extinto.
Ese mundo es un mundo perfecto.
Es un mundo donde existen almas que nos precedieron en la historia.
Ese mundo está exento de pecado porque ahí reside la indulgencia;
ahí está el espíritu del piadoso Juan de la Cruz.
Está libre de guerras porque ahí reside el espíritu de Gandhy.
Está libre de lujuria porque ahí reside el espíritu del Gran José
Está libre de injurias porque ahí hay un hombre al que los otros llaman Cristo.
Está libre de toda avaricia porque ahí reside el espíritu de Francisco.
Está libre de toda maldad.
Y cuantas veces lo contemplo mi alma se esconde
para morar por un instante en ese mundo perfecto.
 
 
Poemario: ¡He aquí al hombre!
Autor: Gustavo Jiménez
            Editorial Hominis 
 
Derechos Reservados

sábado, 25 de octubre de 2014

Navegante, ¿a dónde vas?


Navegante, ¿a dónde vas?

 
Navegante, ¿adónde vas?
Navegando voy sin rumbo,
porque sin rumbo navegar yo quiero.
E impasible condeno a aquél viajero,
que transita por las calles de este mundo,
habiendo creado previamente su sendero.

Navegante, ¿adónde vas?
A buscar sin rumbo lo que ignoro,
por los recónditos lugares de mi mar informe.
Y donde la ruta, para mi, desconocida existe,
disiparé sin tregua lo que mi alma ignora,
para continuar mi marcha por mi mar profundo.

Navegante, ¿adónde vas?
A cantar por las noches la canción del viento,
y a ser oído por la paz nocturna del eterno tiempo,
a ser loado por la voz innata de las tiernas aguas.
Ancho mar, ancho sepulcro de mi canción gallarda.
Diminuto firmamento; receptáculo impoluto de la inmortal belleza.

Navegante, ¿adónde vas?
¡Ven y contempla mi caminar sin rumbo!
Tiene el necio un rumbo y caminar no sabe.
Busca la verdad el sabio por trazadas sendas,
Pero el mar donde navego yo sin rumbo.
Si comienza o si se muere, en verdad, lo ignoro.

¡Es el mar de mi existencia!
 

Poemario ¡He aquí al Hombre!
Autor: Gustavo Jiménez.
           Editorial Hominis

Derechos Reservados