El último atardecer
Hoy que miro tu partida comprendo que nada es eterno
pues un día llegaste a mi vida, y en mi loco padecer
mi vida en los días de llanto gota a gota te
entregaba,
así era en cada mañana, y en el fresco atardecer
cuando el sol se encamina sin descanso a su escondite
creía con fe inquebrantable que no eras efímero ser.
Pasaron muchas mañanas, y muchos atardeceres
Llegaron las estaciones, se fueron por doquier los
años
Los días eran eternos, las noches inolvidables,
Todo un mundo de delicias y sin conocer el daño
Vivimos tiernos romances en perpetuas primaveras
Cómo olvidar tan fácil, felices tiempos de antaño.
El amor que yo te daba, era un amor sin medidas
Si amarte fue mi condena, te amé sin sentir el tiempo
Lo mismo en mis alegrías, lo mismo en mis turbulencias
Amándote noche y día sin importarme el tormento
Yo siempre en cada mañana a Dios por ti le rezaba,
Y antes de nacer el alba, te adoraba en mis adentros.
Y el gran Dios en temible silencio, oía mis oraciones
El viento en su compasiva levedad era su fiel testigo
Y la luna al resplandecer, confirmaba en horas
nocturnas
Que la gracia del amor, sin mirarlo, venía conmigo
Así comprendía que Dios, el amor y tu santo nombre
no sólo eran ilusiones, sino también de mi alma el
abrigo.
Pero ayer, en negra inquietud, optaste por cambiar la
historia,
Sin importarte que una herida profunda le asestabas a
mi ser.
Se van sin volver los días, las noches, los años… las
estaciones
Y hoy que te veo partir por siempre recordaré mi
último atardecer
Más, comprendo que en realidad nada en este mundo es
eterno,
Se van sin volver los días, las noches, los años… las
estaciones;
Así que nada de lo que hoy amamos lo podremos detener.
Acapulco,
Gro. 20 de diciembre de 2014
Poemario: Elogio de lo desconocido
Autor: Gustavo Jiménez
Editorial Hominis
Derechos Reservados
Derechos Reservados
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