Confesión de una Prostituta
Una mujer de belleza
intransmisible habló así:
he aquí mi confesión.
Mi alma está atrapada por la más grande agonía que existe
sobre la tierra,
Me encuentro en medio de esta soledad, espantosa y
sepulcral.
Estoy ante el último momento de mi vida.
Sólo espero la hora de mi muerte pues mis días de gloria
han terminado,
y allá en el horizonte no veo más que imágenes de muerte
y tribulación,
aquella luz que fulguraba en el ocaso se ha escondido de
mi vista,
se ha escondido mientras muero.
¿Dónde están aquellos hombres que opacaron mi belleza?
¿Aquellos que gozaron de mí en el fondo del placer?
¿Dónde se han quedado aquéllos que encendidos de ilusión
rebosaban de lujuria al mirar mi robustez? Nada ha
quedado…
Los placeres y la ceguera me internaron en la necia fantasía,
Y fue así que bajé hasta el abismo ennegrecido de la tierra.
Nunca alguien me amó con amor verdadero. Todo en mi vida
era vanidad.
Por unas cuantas monedas vendí mi cuerpo al peor de los
hombres
y la primavera de mi juventud pasó inadvertida,
como un rayo, apareció en las alturas y al instante se
ocultó.
Ay, no quiero llegar al último momento sin haber
confesado mi dolor.
Déjenme llorar. Dejen que mi angustia se prolongue hasta
mi tumba.
Déjenme sufrir si quiera por esta vez.
Dentro de poco moriré y nada quedará de mí,
nadie se acordará de mi existencia, no tuve la dicha de
brillar ante la sociedad.
Al decir de muchos fui causa de desorden y de placer,
Y por lo tanto, fui acusada de seducción.
Pero cuando me haya muerto, continuará la perversión.
El mundo murió para mí desde hace mucho tiempo,
estuve en el mundo sin ser del mundo,
pues mi vida transcurrió en el anonimato.
Nadie se preocupó por mi desarrollo intelectual,
Aún así, me considero culpable por esta miseria que hoy
me envuelve,
aún los seres que se deleitaron con el vino de mi
juventud,
se han marchado en busca de un nuevo placer.
Mi escudo era la maldita libertad.
Me sentía totalmente libre para hacer
de mi cuerpo una puerta de entrada y salida para quien
así lo deseara.
Y así fue.
¡Qué insensata! Por el amor carnal proferí blasfemias
contra Dios.
Preferí la oscuridad a la luz, la mentira a la verdad.
Intenté escaparme de Dios al convertirme en su acérrima
enemiga.
¡Pero qué ilusa he sido! Y dentro de poco soy yo la que
perecerá.
Confieso que viví en la incertidumbre. Creí en nadie.
Mi religión fue el apego al deseo carnal. Fui la amante
de nadie.
Esa fue mi mayor necedad. Corrí detrás de la vanidad y lo
temporal,
Y al final, perdí la carrera… me tocó perder. No sé qué
será de mí.
¿Acaso una nueva carrera me espera en otro mundo?
Si pudiera regresar al pasado sería diferente,
pero se han imposibilitado todas mis posibilidades.
El precio del gozo temporal es una muerte solitaria.
Mi muerte es invencible. Nada ni nadie la podrá detener.
Hoy no me arrepiento ni culpo a nadie,
pues lo que vivo es consecuencia de lo que un día sembré.
He aquí mi confesión.
Poemario: El canto del alma
Autor: Gustavo Jiménez
Editorial Hominis
Derechos Reservados

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